martes, 16 de noviembre de 2010

Madre no hay una sola…

Dice el dicho que “Madre hay una sola” pero, mis queridas, no nos engañemos; sabemos que una madre puede ser muchas cosas menos una sola. Puede serlo en el sentido estricto de la palabra, pero dentro de esa única persona a la que llamamos “madre”, convive un importante abanico de personalidades, que va desde la “que todo lo puede” hasta “yo, la peor de todas”. Todo eso en un solo envase que, aunque a veces parezca un pulpo, posee sólo dos piernas y dos brazos.

Se supone que quienes cumplimos con tan maravillosa tarea deberíamos tener bien en claro cuáles son los límites, sobretodo porque parte de nuestra tarea es imponerlos. Pero no. Nada más alejado de la realidad; las madres no sabemos nada de límites. Nuestro amor no tiene límites, dicho esto en el sentido más literal del término.

Apenas nacido nuestro vástago, no dejaremos jamás de poner nuestra atenta mirada sobre ellos. Mientras toma la teta, mientras balbucea sus primeras palabras y sí, también mientras duerme. Aunque muchos no lo crean, somos muy capaces de levantarnos 35 veces por noche, solo para acercarnos a la cuna para “ver si respira”.

Si la criaturita que nos tocó en suerte es de por sí insomne o simplemente llorón, nos pasearemos todo el día con las ojeras por el piso y al borde de nuestras fuerzas porque “el chico cambió el día por la noche”. Pero si por esas cosas de la vida sucede lo contrario y el pequeño simplemente duerme, de cualquier manera lo vamos a despertar 10 veces por noche porque “algo le pasa a este chico, el médico me dijo que se tiene que despertar con hambre cada tres horas”.

Luego, mientras el niño crece, las cosas no se modifican demasiado. Simplemente empeoran. Si tenemos que trabajar, los dejamos en la guardería con el corazón partido, mientras nos preguntamos por un lado, cómo estarán ellos sin nosotras y por el otro, cómo sobreviviremos nosotras sin ellos. Indefectiblemente, las horas que dure nuestra jornada laboral serán mechadas por cruentas fantasías tales como que se ahogan con la masa para hacer las formitas o que tienen fiebre y la seño no se da cuenta. Es posible que lleguemos a llamar por teléfono un promedio de diez veces las primeras semanas, ante el hartazgo de las seños, que simplemente dejan de atendernos.

Más tarde empiezan la escuela y también ahí nuestro ilimitado amor hace de las suyas; no faltará la agarrada de pelos con alguna insulsa maestra que opine que nuestro angelito es la “piel de judas” o las largas horas haciendo la tarea, los mapas o la maqueta de turno que el “angelito” no se digna a terminar.

Por otra parte, nuestra ilimitada adoración cumple también una extraña regla fundamental: Nuestros parámetros de felicidad nuncan coinciden con los gustos y costumbres de nuestros retoños: Si por ventura salió hiperactivo, seguro que lo martirizamos regalándole juegos de mesa. Si lo fanatizan los jueguitos o las computadoras, lo vamos a anotar en cuanto deporte o club encontremos cerca. Si se trata de un espíritu sensible y adepto a los libros o al arte, le compramos un skate y lo mandamos a la calle, de donde seguramente vuelve solo, malhumorado y con una rodilla ensangrentada. No aprendemos. En el afán de “completar” lo que supuestamente “les falta”, insistimos en proveerlos de todas las posibilidades. Variantes que por supuesto, a ellos no les interesan para nada. Nos levantamos por ejemplo haciendo esfuerzos infrahumanos a la madrugada para llevar al chico a un partido de rugby, mientras el pobre se la pasa en el banco de suplentes y su único interés por los partidos reside en las hamburguesas que sirven en el tercer tiempo.

Pero siempre nuestra primera prioridad en la vida serán “ellos”. Llegada la adolescencia, nos encargamos de recordarles concienzudamente que “les dedicamos la vida”, mientras que ellos “están siempre tirados y no levantan un plato”. Si salen, no podemos dormir. Si se quedan, tienen mala cara. Si no les va bien en el cole, “es lo único que te pedí que hicieras”, y así puede continuar la lista, porque ante todo, las madres siempre tenemos “la frase matadora” preparada para toda ocasión y acontecimiento.

Poco interesa que nuestras frases a veces se vuelvan un poquito contradictorias; “Estudia lo que te haga feliz” versus “¿Teatro? ¿Estás loca? ¡Pero te vas a morir de hambre!”. Ni qué hablar del momento en el que aparece algún candidato: “No importa que a mí me guste, mientras te haga feliz a vos” versus “Te dije que no me gustaba, vos nunca escuchas lo que opina tu madre…”

Sin embargo, existen algunos momentos de iluminación; momentos terribles en los cuales nos detectamos diciendo las mismas y exactas palabras que nuestras propias madres nos dijeron en una situación similar. “Anda, anda, dejáme sola nomás, yo me como un sandwuchito”. En esos instantes nos decimos interiormente “Por Dios, si soy mi madre” y rápidamente inventamos alguna manera de salir del paso de forma elegante; “De verdad que no hay problema, de paso aprovecho para ver esa peli que hace tanto tengo ganas”. Pero ya es tarde. Sembramos la culpa y por supuesto, ¡También nos sentimos culpables!

Somos todo eso: las madrugadas estudiando junto a ellos para que lleguen a rendir esa materia, los paños de lágrimas cuando sufren un desengaño, la espera cuando no llegan, el reto cuando hace falta. Porque las mamás no somos una sola, somos muchas, somos infinita cantidad de amores que se resuelven en una sola persona. Concejeras, amigas, nanas, enfermeras, maestras, maquilladoras, transportistas, hinchas, cocineras, decoradoras, asistentes, expertas en mimos y sobretodo, incondicionales.

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